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Huetamo

Nuestros Pueblos



Sobre el toponimio de Huetamo –que los españoles también decían
Guetamo-, los etimologistas sustentan opiniones contradictorias sobre su significado y ello estriba en que la hacen proceder de idiomas diferentes, aunque al final de cuentas hay algunas coincidencas. El Lic. Eduardo Ruiz opina que vienen de hue, que quiere decir vamos, y tamu, cuatro en idioma tarasco: vamos cuatro o somos cuatro; refiriendose a cuatro jefes o caudillos que gobernaron en la región, aunque no dicen el nombre de ellos, ni de que pueblos de que se trate. Otros hacen proceder está palabra del idioma pirínda y dicen que significa hombre o el hombre: el hombre que gobierna, en donde está el jefe o cacique que manda en la región. A favor de esta aseveración, podemos decir que antiguamente, cuando el cazonci Tariácuri hizo la división de su reino en tres señoríos, Huetamo perteneció al de Coiuca –también conocido como Ihuatzio y localizado en la rivera norte del lago de Pátzcuaro-, y fue gobernado por Hirepan, sobrino del mencionado Tariácuri; por ello los pendones y penachos de sus guerreros ostentaban el color rojo -de la Tierra Caliente-, de las plumas de papagayo con que se adornaban.

Para José Corona Núñez, Huetamo significa, donde están en la frontera los
Ueueyeches, o los generales matlalzincas (Ueuetlan, en náhuatl). Está coincide con la interpretación de la lengua pirinda: lugar donde está el cacique o general, pues efectivamente, Huetamo era de los pueblos importantes más cercanos a la frontera con los mexicas. Recordemos, que entre estás fortalezas militares y las de los aztecas, había un adistancia de aproximadamente 20 kilometros, que no era tierra de nadie, pero que tampoco se atrevía incursionar unos u ontros, si no era para incursionar en tierras enemigas.

Cuando se suprimieron los señoríos purhépechas, Huetamo fue el centro social, político y económico de la Tierra Caliente. Su señor o cacique tenía que resistir los ataques de los aztecas, que en su expansión de conquista avanzaron por el hoy estado de Guerrero trasponiendo las riberas del río de Las Balsas. Estas ambiciones conquistadoras se debian a la riqueza que había en la región, pues existían minas de oro y en varios ríos, ese precisoso metal se encontraba entre la arena, que los naturales de la comarca recogían para elaborar sus ornamentas y comerciar.

Los conquistadores españoles no se aventuraron a penetrar en la región huetamense –quizá no les interesó en un principio o porque se fueron sobre la capital del reino tarasco, para asegurar el triunfo-. Así que la comaraca del Balsas no fue conquistada por la espada, más bien fue con la cruz. Aunque fueron los franciscanos quienes incursionaron tempranamente en estas tierras, poco pudieron hacer, ya que se fueron muy pronto de ellas. Después llegaron los agustinos, quienes hicieron una labor titánica de evangelización pues varios poblados -como el de Zirándaro-, pusieron resistencia y se afianzaron a sus antiguas creencias. Entre los frailes que llegaron a estas tierras del Balsas, se distinguió por su tezón, perseverancia y paciencia con los naturales Juan Bautista de Moya. Quién arrivó en el año de 1553, y empezó a llevar por los cuatro vientos de estos lugares la palabra de Dios.

Así que Moya, inició una ardua tarea de convencimiento religioso entre los naturales. También para congregarlos y facilitar su misión, evangelizadora y fundar con ellos una nueva doctrina, que hasta entoces desconocían y les era muy ajena a su visión cosmogónica, a su idea sobre el mundo, a su concepcicón de la naturaleza y de la vida. Este fraile empezó reuniones para catequizar, a lo que entonces llamaba nuevos catecúmenos. Cuando Moya pasó por Huetamo, erigió una parroquia y le puso por santo patrono a San Juan el Bautista

El progreso de San Juan Huetamo y su importancia debieron ser grandes, pues ya en el año de 1572 era Alcaldía Mayor, y la autoridad estaba representada por don Tadeo Peñaranda y Velasco. Para 1619 contaba con 130 vecinos y a mediados del siglo XVII, la población tenía un hospital que era sostenido con una sementera de algodón y otra de maíz. Los naturales eran de ascendencia tarasca, aunque hablaban el mexicano y el otomite, pero la lengua principal era el tarasco.

En 1649 Huetamo formaba parte del beneficio de Cusio, y estaba organizado en barrios o pueblecillos pequeños y otros ranchos. Cien años después (1746), formó parte de la jurisdicción de Guymeo-Zirándaro. Era República de Indios con gobernador, habitado por 146 familias de naturales y 52 familias de mestizos y mulatos. La parroquia del pueblo la administraba un clérigo.

Ya en el ocaso del siglo XVIII (1796), la justicia mayor de la jurisdicción de Guimeo y Sirándaro residía en el pueblo de Huetamo, que pertenecía al curato de la Virgen de la Asunción de Cutzio. Contaba con un hospital con nombre de la Cofradía de la Purísima Concepción –no hay documentos de erección, ni fondos-, una escuela y la vigilancia de un regidor para que los naturales asistan a ella. Había 219 tributarios indígenas, que se dedicaban al cultivo de maíz y algodón, aunque algunos pocos trabajaban en la curtiduría de la piel de ganado para hacer zapatos.

En el informe de 1796, que tomamos en cuenta para hacer está descripción, se observa que en la parroquia de Huetamo, aparte de las misas acostumbradas de los sábados o de las obligadas, de cuando moría algún indio o india adulta en edad tributaria, estaban también las de los día de fiesta de Santa Clara y de la Purísima. Día este último en el que se le daba de comer a todos los naturales, y el jueves santo a los que la hacían de apóstoles.

Esas manifestaciones eran muestra de cómo las fiestas del pueblo viene de la época colonial, y muchas veces tenían que ver con la evangelización y adoctrinamiento de los naturales de Huetamo. El costo de las misas y festividades religiosas, se cubrían con el dinero que se obtenía del maíz y algodón que los indígenas cultivaban para ese fin, aunque en algunas ocasiones cubrían los faltantes con sus propios recursos, como se puede ver en la organización de misas y festividades, que mostramos a continuación:

“Para la función titular nombran capitán de soldados y moros, cada uno con sus siete ayudantes y los dos días de los tres que celebran pagan entre todos el estipendio de cuatro pesos por la misa; y los capitanes convidan al común con comida y se regula el gasto de cada uno como de treinta pesos. La primera función de iglesia o la del día de San Juan pagan entre todos los naturales dando al cura veinte y cinco pesos de pindecua o costumbre, que es lo mismo, que importaban las mantas y demás que llevaban antes con arreglos al pendecuario. Nombran también dos mayordomos que cada uno da el día de Corpus para el altar una libra de cera y la que se necesite para los tres días de las fiestas de San Juan.

El curato es de tasación y el año que a este pueblo corresponde celebrar la procesión del día de Corpus paga el común veinte y tres pesos cuatro reales y tres libras de cera de Castilla, y el año que toca al pueblo de Cutzio se demora la procesión hasta el primer domingo después de la octava y dan doce pesos cuatro reales.

También nombran un mayordomo que llaman de San Nicolás Penitente, y por la función que se celebra el primer viernes de cuaresma pagan al cura entre todos los naturales 12 pesos y el mayordomo pone en el altar dos o tres libras de velas de cera. También entre todos lo naturales pagan 9 pesos 4 reales por la función de la exaltación de la Santa Cruz y 4 pesos 4 reales por la de San Juan Degollado.”

Amén de las fiestas anteriores, que corresponde a todo el pueblo e involucran en ocasiones a los de Cutzio, se encuentran las que organizaban los naturales de cada uno de los cuatro barrios que entonces había en Huetamo: San Pedro, San Pablo, San Nicolás y San Miguel. Ahí eran 7 pesos 4 reales al cura por la misa, más dos o tres libras de cera para el altar.

Para está época, en la población vivían cinco vecinos españoles, dos con tiendas mestizas, el receptor de alcabalas, el maestro de escuela y un anciano sin destino, y se habían empadronado 25 tributarios mulatos. Eran los años, cuando según los informes, solo había seis tenerías -tres de cal y tres de yerba-, siete árboles naranjos, cuatro tamarindos y ocho muy frondosos que dan guicumes -fruta dulce que se parece al zapote amarillo y tiene el hueso como el mamey

Una descripción de los alrededores del pueblo, la hace en ese año de 1796, Joseph Antonio Calderón:

“En las tierras respectivas a este pueblo, por la parte oriente, hay dos ojos de agua razonables y otros tres con muy poca que llaman chupadero, algunos árboles nogal y palos bofos lechosos, varias colmenas, cuatro huertas pequeñas platanares, unos bejucos de riego que producen calabazos o guajes que sirven de cantaros a los indios, y un cerro de Marecuato en el que tienen tres tintas de salitre. Por el poniente se hallas muchos árboles cascalotes cuyo fruto sirve para curtir cueros; otros que llaman parotas, palo de carpintería, otros sombríos que les dicen saibas y algunos de guayabas y limones, un carrizal que les proporciona el hacer cestillas o chiquihuites y petates y un cerro con bastantes otates y tres ojos de agua chupaderos. Por el norte ocho huertas pequeñas platanares, varios árboles nogales que en las escasez del pasto mantienen el ganado vacuno, y algunos de ciruela, tamarindos y sombríos, un ojo de agua nombrado arroyo de Piríndaro que abastece al pueblo, dos huecos o agujeros paternazos por la naturaleza que les sirve a los indios de tinas para curtir cueros; y por el sur siembran semilla de algodón y hay tres ojos de agua y en sus cercanías como cuarenta árboles de anonas cacahuamanchis y zapotes y algunos pinzanes cuya corteza destinan para curtir cueros; un río que tiene de largo como legua y media y a su orilla formadas huertecitas de sandía y calabazos y frijoles anchos combas y un poco de añil.”

Tres lustros más tarde, ya en el contexto de la Guerra de Independencia estuvieron en Huetamo -para aprovisionarse-, además de José María Morelos, los generales Vicente Guerrero y Nicolás Bravo. Cuando se disolvió el Congreso de Chilpancingo, a la muerte de Morelos, en Huetamo se instaló una Junta de Gobierno compuesta por los eminentes insurgentes José María Pagola, Pedro Bermeo como secretario, y como vocales Mariano Sánchez Arreola y Pedro Villaseñor. En sucesivas luchas para construir nuestra patria, Huetamo a dado albergue y ayuda a hombres tan eminentes como lo fueron don Gordiano Guzmán y don Juan José Codallos, héroe de la causa federalista, que sellaron con su sangre.

En la época de la Guerra contra la Intervención y el Imperio, estuvieron en Huetamo los generales Arteaga y Salazar, Regules y Vicente Riva Palacio, que aquí publico su periódico
El pito real, en el que combatía a los traidores imperialistas. De Huetamo fueron los jefes Laureano Valdés e Ignacio Díaz.

Ya en el siglo XIX, Huetamo que llevaba la advocación católica de San Juan Bautista, fue elevado al rango de villa -con el apellido de Núñez-, por decreto del gobierno del Estado, con fecha 31 de marzo de 1859, para perpetuar la memoria del general D. José Silverio Núñez, muerto en la defensa de la causa de la libertad. Durante la dictadura del general Porfirio Díaz (1876-1880, 1884 – 1911), la población estaba bien comunicada, aunque los caminos no fueran muy recomendados, por lo accidentado del suelo o lo fangoso en la época de lluvias. Estaba con rumbo al Norte parte del camino nacional a Tacámbaro, enfilando al pueblo de Cutzio; al oriente encontramos el camino nacional de San Lucas; al sur el de Coyuca; al suroeste el de Zirándaro. Las distancias de Huetamo en relación a los poblados circunvecinos eran variadas. Había 1/8 de legua a Cutzio, 1 ¼ a Purechucho, 3 ¾ a San Lucas, 16 al mineral del Espíritu Santo, 25 a Tiquicheo, 31 a Tanhuato, 26 a Tlapehuala, 20 a San Jerónimo, y 10 a Santiago.

Para principios del siglo XX, Huetamo contaba con 1 mil 388 habitantes, era una población agradable -decía Mariano de Jesús Torres-, tenía una bonita plaza, y su parroquia -construida por fray Juan Bautista- consistente en un cañón de adobe, cubierto con teja cubierto por madera y teja. Fue destruida en 1838 por un incendio, reparada a mediados del siglo XIX y ampliada suficientemente por el activo párroco D. Luís G. Solís. Tenía contiguo un amplio cementerio que servía de camposanto, existía además la iglesia antigua del hospital y otras dos capillas de menor importancia. Fue erigido en curato secular en 1567 y era administrada en los albores de ese siglo XIX, por un cura y un teniente de cura, que pertenecían al obispado de Morelia.

La población –dice Mariano de Jesús Torres-, estaba dividida en cuatro cuarteles; sus calles eran rectas y contaban con nomenclatura. Había una plaza principal, y la plazuela que llamaban de la reforma. Un panteón nuevo y rastro. La administración pública era ejercida por un Prefecto, en el orden político; por el Ayuntamiento en el municipal; por el Juez de Letras y los Alcaldes, en el ramo judicial. Había además administración de Rentas, de Correos y del Timbre. También escuelas, una de niños y otra de niñas; cárcel pública y casas municipales. Huetamo estaba enlazado con la red telegráfica del estado y de la República; y contaba con comunicación telefónica. Había administración de la vacuna y alumbrado; para la seguridad pública contaba con un cabo y seis gendarmes.

Durante el porfiriato, las temperaturas secas y calientes de los 353 metros sobre el nivel del mar que tiene la población, posibilitaron que en sus alrededores crecieran haciendas y ranchos importantes para la cría de ganado de todas clases, y una alta producción de carne y queso, por la abundancia de ganado vacuno. Terratenientes, rancheros, indígenas y campesinos, en las tierras propicias para el cultivo, sembraban: maíz fríjol, arroz, cacahuate, ajonjolí, sandías, melones y diversas frutas de tierra caliente. Su comercio es muy regular, y más los domingos en que concurrían al mercado los pueblos inmediatos, haciendas y rancherías.

En las últimas luchas por el constitucionalismo dieron su contingente muchos huetamenses, al lado de los generales José Rentaría Luviano y otros. De ahí también fue un distinguido diputado del constituyente de Querétaro en 1917, el Ing. Salvador Alacraz Romero y el también gobernador del Estado, Sidronio Sánchez Pineda (1922-1924).



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